Jueves, 1 de Octubre de 2020
15 de Sep | 18:40:00 - JUDICIALES
El abogado penalista Hugo Lopez Carribero, con formación académica y profesional en USA, nos adelantó el prólogo de su siguiente libro: “El Penalista del Conurbano, ¿Cómo es ser abogado penalista en el tenebroso Conurbano?”

La obra estará a la venta antes de fin de año, y será publicada por la Editorial Llanes.

A continuación el prólogo:

Cuando decidí escribir este libro no sabía que a lo largo de sus páginas habría de emocionarme, recordar un pasado reciente repleto de vida y de muerte, reencontrarme con anécdotas que creí olvidadas y con una versión de mí que el paso del tiempo había encerrado vaya a saber uno en qué expediente y que quiero liberar a través de las letras.


Esa versión de mí es inquietante y, a la vez, común: contiene mis primeros años como penalista y el camino que hice desde que egresé de la Universidad de Buenos Aires hasta convertirme en El Penalista del Conurbano, que parece un pomposo título, pero no es más que la verdad.
Sin falsa modestia.
Y digo inquietante porque ha pasado mucho tiempo desde que comencé a recorrer ese Conurbano, que es mi casa, y debo reconocer que poco es lo que ha cambiado en este tiempo: la gente tiene más necesidades que antes, más dificultades, está a la intemperie de Justicia, de igualdad, se ha acostumbrado a lo adverso y es difícil sacarla de sus tercas conclusiones: “Todo es lo mismo; doctor; ya nadie trabaja; lo que abunda es el avivado; parece que no hay más honestos; la policía es una mafia; me estafó un amigo; estafé a un amigo porque no me quedaba otra; si me caga, lo cago…”
¿Será, entonces, inquietante el adjetivo preciso, el que debo usar?
Quizá sí. Tal vez no. Ustedes, lectores, serán los que respondan a esta pregunta. Yo ya la sé.
Suelo defender a un puñado de clientes bonaerenses que gambetean la miseria –y no hablo de la económica- desde siempre y sigo viendo que no se consideran iguales a los demás habitantes del país porque, de hecho, no lo son. Ellos han sucumbido a la costumbre de ver que su vida vale menos que otras vidas cercanas, como las de los hombres y mujeres de la Ciudad de Buenos Aires –aun cuando la fortuna los visita y se queda- y no hay palabras que los haga cambiar de ideas: el Conurbano tiene leyes propias, intrincadas, extrañas, secretas, cofrádicas, pero que yo entiendo a la perfección.
Creo conocer profundamente –y perdón querido lector por lo reiterativo- esta zona del país tan denostada, maltratada, usada y postergada por tantos. Creo saber qué piensan los hombres y mujeres del primero, segundo y tercer Cordón Bonaerense. Creo que nadie los puede engañar y, en cambio, sí ellos tomar desprevenido al más leído, culto y piola de los abogados. Siempre digo, medio en broma, pero bastante en serio: “Colegas de otras jurisdicciones, esta zona no es para cualquiera”.
Porque la gente que transita irremediablemente los pasillos de los tribunales del Conurbano pertenecen a esa raza de personas que lo ha visto todo, que vive con el miedo a flor de piel si son honestos, y con las garras listas para el zarpazo, si no lo son. A lo largo de sus vidas han intentado engañarlos muchas veces, el hambre les ha domado el ánimo y el estómago, la desigualdad social, moldeado no siempre de la mejor manera y la eterna postergación los ha unido a las peores compañías.
Estas primeras páginas no son una defensa cerrada a los que delinquen –por supuesto- ni a aquellos condenados injustamente –aunque siempre se lo merecen-, sino una radiografía de la realidad que me llevó a mí a ser uno de los penalistas más conocidos y exitosos de la zona. Porque estudié a cada uno de mis clientes como quien usa un microscopio y les descubrí todo: sus mañas, el costado amable y el otro.
Pueden pensar ustedes que los elogios a mí mismo están de más. Pero de verdad que no. Siento –como dijo el filósofo, economista y pensador padre del Utilitarismo inglés Jeremy Bentham- que “el poder de los abogados se encuentra en la incertidumbre de la ley”. Y yo agregaría: en la diversidad de los hombres que habitan el Gran Buenos Aires y a quienes la ley los esquiva desde hace años convirtiendo su realidad en la lucha de pobres contra pobres, de postergados contra postergados, de muchachos de pieles oscuras y tonadas extranjeras contra sus hermanos.
Los conozco más que nadie.
Los conozco más que ustedes.
Mi debut como penalista –siendo muy joven, 24 años- me marcó para siempre. Para ser breve, solo diré que el primer caso que tuve consistía en defender a una persona acusada de falsificar dólares. En ese juicio puse todos mis conocimientos porque, además del entusiasmo del bautismo, creía firmemente en la inocencia de mi cliente, a pesar de la opinión del juez. Luego de mucho trajín pude sacarlo en libertad y conseguí que lo declaran inocente. Luego descubrí que había pagado mis honorarios con billetes falsos.
Ese cliente venía de un Barrio Cerrado, cuya casa lo dividía de la villa cercana por un muro hostigador y la única diferencia entre él y los villeros es que había aprendido a estafar con estilo, si se me permite el término.
Es que el Conurbano es una vana junta de barrios ricos y villas paupérrimas, de fábricas pujantes y legiones de desocupados, la abundancia y la necesidad son vecinas, como la riqueza y la pobreza; las facultades privadas ostentan Campus, las públicas, campo; y encontramos a veces la nada en algunas escuelas, mientras que las pagas –siempre al lado de barrios vulnerables- pavonean uniformes que cuestan lo que un padre pobre gana en un mes. El asfalto se ríe del barro; el futbol de potrero de los campos de golf, cuyas canchas son transitadas por autos costosísimos y caballos flacos tirando carros más flacos.
Las casas espectaculares de los countries –no siempre de buen gusto, pero sí con kilómetros de porcelanato- están inexorablemente al lado de casas humildísimas porque de ahí salen las domésticas uniformadas –sus patronas odian las joginetas- que limpian la mugre ajena y son despedidas sin que los sindicatos se enteren o hagan algo.
Lo conozco bien.
Como conozco gran parte de los 24 municipios de los dos primeros cordones, donde habitan y transitan más de 10 millones de personas en 2800 kilómetros cuadrados y donde se cometen los peores crímenes del país.
He visto sus caras. He visto sus miserias
En cuanto a mí, solo contarles que mi apellido -Lopez Carribero- no tiene acento, que me gradué en 1994, me desempeño como consultor de los canales televisivos A24, Canal 26 y C5N, que fui director del Colegio de Abogados de La Matanza, profesor universitario de Derecho Penal, director de la Escuela de Leyes del Conurbano y me perfeccioné en Litigación de Juicios por Jurados en la Western School of Law, San Diego, California, USA.
Durante mi carrera profesional fui el abogado del ex campeón mundial de boxeo Uby Sacco, de Juilio Vittone en la tremenda causa de Cromañon –evité que mi cliente fuera a la cárcel-, defendí con éxito a Bernarda Garay Ocampo, la mujer que mato a un ladrón a sangre fría cuando el robo ya había terminado. Además, como me gusta -y debo- investigar logré descubrir la trama secreta del “EL Pueblo de los Infieles”, haciendo ver que mi cliente, Clemente Villegas, era inocente del asesinato de Ángel Palacios.
A lo largo de estos años me he dado cuenta de que al abogado hay que contarle siempre la verdad, porque luego él se encargará de embarullar las cosas de la mejor manera posible. Yo soy así.
Comprendan mi pensamiento: a mí no me importa si mi cliente es inocente o culpable, yo solo quiero ver las pruebas que tiene la fiscalía en su contra y hacer valer sus derechos. La mayoría de las veces logro la libertad.
Busco defender los derechos de mis clientes porque para hacer justicia están los jueces, no yo. Esta y otras máximas, no las enuncio como un decálogo del buen abogado, antes bien, quiero que comprendan que se trata de un consejo cosechado de patear las calles del Conurbano y convertirme en un ser respetado y temido por colegas, cuyos honorarios no están a su altura.
Nadie que me consulta entra en mi despacho, el de El Penalista del Conurbano, con la alegría de venir a comprar un pasaje para irse de vacaciones al Caribe o de compras a Miami. No. Por eso mi misión es contener al consultante y asesorarlo de la mejor manera para que cuando me contrate sepa que su problema estará ya en mis manos para que lo resuelva, y no en su mente para que no duerma.
Por eso, cuando la gente pasa el umbral de mi Estudio, ya se siente más tranquilo. Y cuando se va, luego de dos o tres horas de charla profunda, lo hace sabiendo todo, desde las malas noticias hasta el monto de los honorarios.
Muchos de esos consultantes vienen de deambular por oficinas cuyas cabezas no le dieron respuestas. Para mí es muy doloroso ver a los colegas que no saben nada de Derecho Penal pretendiendo defender a una persona acusada de un delito. Veo cómo perjudican a sus clientes por falta de conocimiento en la materia.
Porque ser abogado penalista es elegir un estilo de vida y desarrollarla a cada instante, desde la forma de pensar, hasta la de hablar y vestir.
Pero basta de abrumarlos.
Este prólogo es para introducirlos en un mundo que pocos conocen –mi mundo- donde verán quién es quién a través de anécdotas personales y casos reales que casi siempre llegaron a buen puerto.


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