Domingo, 26 de Mayo de 2019
13 de Mar | 23:48:00 - POLITICA
La casa imperfecta un cuento para el Ingeniero Dusso ya que varias escuelas sufren falencias en Huillapima / Ingeniero Dusso no la deje mal Parada a la Gobernadora Lucia Corpacci

Había una vez un maestro albañil que toda su vida, desde joven, había trabajado colocando cimientos, levantando paredes y haciendo grandes edificios y casas. Y aunque todos los días sin fallar se había levantado temprano para ir a ganarse la vida honradamente, el tiempo no había pasado en vano.

Empezaba a hacerse viejo y pensó que tenía la edad perfecta para jubilarse. Ya estaba cansado de acarrear ladrillos y mezclar cemento. Lo que él quería, era dedicarse a estar en casa con su esposa, y no volver a escuchar una sola palabra sobre construcción.

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Esto preocupó mucho a su jefe, que era quien le había dado trabajo a lo largo de los años, pues dirigía una gran constructora. El albañil era uno de sus mejores trabajadores y tenía que admitirlo, no estaba muy cómodo con la idea de prescindir de sus servicios.



Pero como había tomado una decisión, tendría que respetarla.

—Antes de que te jubiles, me gustaría pedirte un favor —le dijo, mientras estaban conversando—. Quiero que construyas una última casa para mí. Yo te voy a dar los planos y tú irás levantando cada detalle como sabes hacerlo.

Esto, al trabajador no le gustó nada. Realmente estaba cansado de dedicarse a aquello. Pero para no quedar mal con su jefe, aceptó el trabajo.

Desde el primer día fue a trabajar con apatía. No estaba poniendo pasión en lo que hacía y contaba las horas para volver a casa. Consiguió materiales baratos y de calidad inferior a los que había usado desde siempre, y omitió muchos detalles en la casa con tal de terminar pronto.

Cuando sus ayudantes le preguntaban que debían hacer a continuación, el albañil tampoco se veía muy interesado:

—¿Saben? Hagan lo que puedan —les contestaba—, de todas maneras esta es la última casa que voy a construir.

Así que fueron sobre la marcha y una vez que la vivienda estuvo terminada, el jefe de la constructora no estaba impresionado. Cierto era que se podía mantener de pie y contaba con lo más básico. Pero las habitaciones eran demasiado pequeñas, las paredes estaban deslucidas y desde afuera, su aspecto no era el más atractivo de la calle.



Aun así, el hombre no puso peros.

—Bueno, veo que has cumplido con tu último trabajo —le dijo a su empleado, sacando de su bolsillo las llaves de la puerta principal—, así que no me queda más que felicitarte. Toma, aquí tienes las llaves.

—No entiendo —le dijo el albañil.



—Esta es tu casa —le dijo su jefe—, es mi regalo para ti por tu jubilación. Siempre has hecho un buen trabajo y quería que tú mismo la construyeras, para que todo resultara a tu gusto. Espero que tú y tu esposa la disfruten bastante. Muchas felicidades.

Tratando de encubrir su decepción, el albañil le dio las gracias y miró su casa nueva, frustrado. Ahora sabía que de haber puesto el mismo esfuerzo que había tenido durante todas sus construcciones, ahora estaría viviendo en el hogar de sus sueños.


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